lunes, 24 de diciembre de 2018

El péndulo


¡Qué patético, sombrío y triste espectáculo nos arrebuja! Ya le dieron cuerda de nuevo al reloj de las dos Españas..., ése viejo, caduco y trasnochado cronógrafo, de maderas podridas, con su maldito péndulo suspendido y oscilante. Y así se nos vienen otra vez las miserias. En ese incesante "tic tac", en ese vaivén contínuo y perenne, fluctuando constante y sempiterno. Ya se encargó la jauría de espabilar a las bestias que habitan en uno y al otro lado de ese milimétrico e invariable desplazamiento mecánico que hacen mover sus engranajes, resortes y agujas.
Y yo creyendo que los españoles ya escarmentamos una vez, y me equivoqué, sin duda por el hechizo de su cadencia, por el hipnotismo de su traqueteo, por el sopor de su campaneo y su modorra agitación.
Ya resucitaron a los monstruos, irracionales alimañas enterradas en las lindes de cada puerto de ese colgante bailarín... ¡Despertáronse!
Ya están aquí otra vez las dos Españas, sin comprender aún que cabalgan a la grupa de ese badajo perverso, embrujadas y poseídas, como Azorines, Rotuneys y Cualquieras (Ramiro de Maeztu), Doctores Tirteafueras (Pío Baroja) o Unamunos; y cada uno de ellos, al trote, desde el lomo del "tic" para desmontar en la orilla del "tac". Y a este veleteo de posiciones lo denominan transformación evolutiva del pensamiento cuando se trata de insignes. A los simples les apodan tiralevitas, oportunistas o desleales. Y a los vulgares, desertores, traidores, pelotas, soplagaitas, abrazafarolas o chaqueteros.
Tengo por fin, que si aquellos eruditos se agitaron, unos de reaccionarios a reformistas, y otros de progresistas a conservadores fue que vieron mieles a cada tramo del balanceo pendular del viejo reloj de nuestra singular España.
Y ya, por la paz y la prosperidad de nuestros hijos, y de los hijos suyos, señalar, recriminar y ajusticiar a quienes han venido a desvelar la tragedia y el desastre. A los que están preñando las calles de pánico y delirios. A los que han alterado la convivencia despertando de su letargo a esos monstruos que ya dormitaban olvidados a cada orilla de nuestro desalmado péndulo.

JMRL.

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