A media legua de Salamanca, siendo mediodía, pudiera ser la fecha de San Laureano patrono de famélicos y hambrientos. Viendo Sancho los contornos de la ciudad, imaginaba salchichones donde las torres de la antigua muralla. Y caían lagrimones por su mejilla como al perro del amo jamonero. Al otro le sonaban las tripas con estridencias idénticas a la tamborrada de San Sebastián y empezó a hablar por disimulo: "¡Mira necio, que las murallas ya no existen! y hace siglos fueron derruidas por algún encantamiento diabólico; y sabes bien que no me fío del cabrón del mago Frestón que tiene más de diez siglos. Almanzor la tuvo asediada por diez años y sabiendo no poder doblegar la voluntad de los salmantinos, a buen seguro recurrió a magias y encantamientos. Todo sea que cuando yo entre en ella, los descubra, los señale y los aniquile quedando esta ciudad libre de tales brujerías y maleficios".
Así que apresuraron a sus bestias, que éstas sí que estaban bien comidas, y fueron llegando y entrando. Y había un mercado con tanta algarabía que se hacía imposible seguir montado. Viendo un establo se acercaron y vino el caballerizo pidiendo un ojo de la cara por abrevar y dar pesebre al burro y al rocín. Y notó don Quijote que, por doquier, todo el mundo les miraba con extrañeza y que se apartaban de ellos a pesar del bullicio. Sancho, desentendiéndose de Rucio, se alejó parloteando con unos extraños que vestían ropas ajustadas y negras, con media capa partida y alada que les hacía parecer mariposones, y zapatos y sombreros extraños estrechos y altos de tres pisos semejantes a la boñiga de una vaca, dijera Panza. Pero aunque aquellos señores le esquivaban entre risas y chanzas, a Sancho le daba igual por no sentir peligro, por su intención de seguir aprendiendo de los comportamientos humanos, por estar divirtiéndose como jamás antes lo había hecho, y por recrearse en aquel cuadro de tanto maricón junto.
Por otro lado, mientras el escudero se recreaba con un cuadro, el Caballero lidiaba con el de la cuadra, que aún seguía con el cazo puesto. Y haciendo ademán de desenvainar la espada, le espetó a viva voz: ¡aplícate patán y follaliendres, que no sé los días que habrás de mantenerme al burro y al rocín! ¡Que vengo acá por mandato divino a desinfectar esta ciudad de maleficios! Por lo que el muchacho, aterrorizado, soltó riendas y salió al trote. Y no gustando mucho tal discurso empezaron a lloverle piedras a nuestro héroe y alguna que otra manzana y tomate. El de la Triste Figura se incó de rodillas, cogió una manzana del suelo y se levantó alzándola para que todos la vieran. Y dijo de esta manera: esto es lo que hace un Caballero ante vuestra insolencia sustentada por la ignorancia. Y de bocado y medio devoró la manzana. Y así lo hizo otro par de veces, y un tomate fue de postre. Y no más por que el resto piedras eran.
JMRL. Tercera parte inédita.
Así que apresuraron a sus bestias, que éstas sí que estaban bien comidas, y fueron llegando y entrando. Y había un mercado con tanta algarabía que se hacía imposible seguir montado. Viendo un establo se acercaron y vino el caballerizo pidiendo un ojo de la cara por abrevar y dar pesebre al burro y al rocín. Y notó don Quijote que, por doquier, todo el mundo les miraba con extrañeza y que se apartaban de ellos a pesar del bullicio. Sancho, desentendiéndose de Rucio, se alejó parloteando con unos extraños que vestían ropas ajustadas y negras, con media capa partida y alada que les hacía parecer mariposones, y zapatos y sombreros extraños estrechos y altos de tres pisos semejantes a la boñiga de una vaca, dijera Panza. Pero aunque aquellos señores le esquivaban entre risas y chanzas, a Sancho le daba igual por no sentir peligro, por su intención de seguir aprendiendo de los comportamientos humanos, por estar divirtiéndose como jamás antes lo había hecho, y por recrearse en aquel cuadro de tanto maricón junto.
Por otro lado, mientras el escudero se recreaba con un cuadro, el Caballero lidiaba con el de la cuadra, que aún seguía con el cazo puesto. Y haciendo ademán de desenvainar la espada, le espetó a viva voz: ¡aplícate patán y follaliendres, que no sé los días que habrás de mantenerme al burro y al rocín! ¡Que vengo acá por mandato divino a desinfectar esta ciudad de maleficios! Por lo que el muchacho, aterrorizado, soltó riendas y salió al trote. Y no gustando mucho tal discurso empezaron a lloverle piedras a nuestro héroe y alguna que otra manzana y tomate. El de la Triste Figura se incó de rodillas, cogió una manzana del suelo y se levantó alzándola para que todos la vieran. Y dijo de esta manera: esto es lo que hace un Caballero ante vuestra insolencia sustentada por la ignorancia. Y de bocado y medio devoró la manzana. Y así lo hizo otro par de veces, y un tomate fue de postre. Y no más por que el resto piedras eran.
JMRL. Tercera parte inédita.
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