Lejos aún de Salamanca y atravesando la Sierra de Gredos, se convirtió en tormento el orfanato de muela de aquel de la Triste Figura. Así que cabalgaba malhumorado. No comía ni dormía, y Sancho lo observaba despojado de cualquiera aura. A veces desmontaba al rocín y daba vueltas sin sentido, haciendo como que buscara hierbas, pero por encontrarnos entre riscos y peñascales, escarbaba con las manos y tierra comía. Trastornado desenvainaba la espada y se aporreaba la mandíbula unas con la guarda u otras con el gavilán. Así que, midiendo con cautela mis pasos conseguí este discurso para don Alonso (que habré de llamarle don y tenerle reverencia porque, a pesar de que barrunto su falta de juicio, siempre fue gentil y generoso con los míos, honrado y de palabra; y me nombrará gobernador de docenas de ínsulas): «mi señor, no se altere y comprenda, que aunque conocí penas, aflicciones y congojas, disgustos, estafas y resentimientos... Angustias, lamentos y pesadumbres, duelos, sinsabores, molestias, torturas, incomodidades, padecimientos y males, sólo supe de dolores por una prima alcahueta de mi Sancha Teresita, que prefería parir mil veces más de las ocho que ya parió, antes de pasar una sola noche en vela por culpa de diente o muela. Así que, ármese de valor, acábese la bota sin remilgos y déjeme acudir al asunto». Siempre tuve destreza con tenazas, hierro y fuego, pero más la tuvo mi señor en acabarse el vino, convirtiendo y hasta transfigurando la causa en la madre de todas mis guerras. Le abrí la boca cuanto quise, porque estaba inconsciente, y el hedor de su aliento, mientras le arrancaba la muela, me hizo sentir compasión por la pobre Dulcinea.
Así que tuvo comportamiento, como sardina por el mar, aquel noble escudero. Y sea dicho que cualquiera problema o vicisitud en oficio los remediaba, si su enmienda, reparación, corrección, arreglo o medicamento fueran cuerdas o palos; o la conjunción de ambas el menester. O con engaños y novelas. O con historias de labranza y de caza, o de sustos y victorias, o de suerte.
Pudieran adornarse de fábulas los cincuenta días que cabalgaron sin ver alma, con sus noches estrelladas. Como la de aquella en que lobos o perros salvajes y hambrientos desistieron de su acoso, y huyeron entre alaridos por cagarse Sancho. Y que Rucio lo tiró al suelo y salió tras los lobos prefiriendo ser comido.JMRL. III parte.
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